Luis Cortés Bargalló
Alberto Blanco
Jorge Bustamante
Héctor Carreto
Eduardo Casar
José Homero

Jaime Labastida
Josu Landa
Eduardo Langagne
Eduardo Lizalde
Jorge Márquez
Raúl Renán
Víctor Toledo
Enzia Verduchi
Verónica Volkow

 

 


Luis Cortés Bargalló

Luis Cortés Bargalló nació en Tijuana, B.C., en 1952. Es poeta, traductor y editor. Estudió la licenciatura en ciencias y técnicas de la información (UIA), maestría en letras mexicanas (UIA-UNAM) y música (CNM), en la ciudad de México en donde actualmente reside.

Ha escrito los siguientes libros de poesía: Terrario , 1979 (Latitudes); El circo silencioso , 1985 (Fondo de Cultura Económica); La soledad del polo , 1990 (Ediciones Toledo); Al margen indomable, 1996 (Conaculta), una antología personal de su trabajo poético titulada Por el ojo de una aguja , 1999 (Biblioteca del ISSSTE); tiene tres libros en prensa: Filos de un haz y envés (Trilce ediciones), La lámpara del cuerpo (El aduanero/ Lunarena) y Talleres de Saturno (circa). Es autor de las antologías: Piedra de serpiente. Literatura de Baja California , 1993 (Conaculta) y Connecting Lines: New Poetry from Mexico , 2006 (Sarabande Books).

Ha sido becario del Fideicomiso para la Cultura México-EUA (Rockefeller/Bancomer/FONCA) y, desde 2001, es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte.

 

  + Poemas

 

LUIS CORTÉS BARGALLÓ

poemas del libro (inédito) Filos de un haz y envés

RESONANCIA

...a cada quién su voz
—me lo decía la otra voz...
perdida como un punto y coma
En cada quién la misma lengua. Resonando
en esa tensa exactitud
colgaban las primeras voces del cencerro
en un camino resbaloso.

Palmeando los cuadriles de las vacas
vi de lejos al “guardador de rebaños”
y llovía, en consecuencia. Junto
vi también a un hombre que fumaba
no muy convencido de cruzar la calle
indiferente tras el humo de jabón
y el desazolve putrefacto del arroyo.
—Imán de soledades:
una escena de Giorgio de Chirico.
De los cuartos traseros del reloj
se desmontó una campanada, una docena
de segundos. Luego el vaho, las palomas grises,
una endeble torre de cenizas, cascarones.
Las ruedas le ganaron paso
a las palabras peatonales que
buscaban compostura,
¿y cómo devolverle su carril
al hombre que fumaba en la banqueta?
Úvula, paladar,
campana boquiabierta
en el crucero
—solitario guardador de mis rebaños.
Intrigado ya tan sólo, ya tan cerca, ya tampoco.
Llevado por los cascos, por el fango y el cencerro.
“Anda hermano, vamos a cruzar la calle” —¿dije, me dijiste?—
dar un paso de metal lodoso en el vacío. No es difícil,
cuéntame de mí, que timbre sólo —esto no es cuestión
de confesiones o argumentos. A mí que me quedé
sin voz al dar la hora. Yo te sigo al otro
extremo, que mi lengua —me lo dices— es la tuya
—te respondo, nos responde— en cada paso cada suela
claveteada. Para no quedarnos divergentes
atascados horas en un banco de neblina.

 

) Son
así las
cosas

luz y grano
encuentro
con las cosas

desencuentro
la desolación
las cosas

tan renuentes
insumisas
provisiorias

res non verba
carne escama
descarnando

de su estado
llana inundación
trebejos

es la cosa dicha
con la cosa
costra (