UNIDAD 3-LECTURA 8

La tolerancia como respeto activo

"Una tolerancia inspirada en el respeto hacia las ideas y modos de ser del que discrepa de nosotros porque, por encima de las diferencias, es un ser humano sujeto de dignidad y con autonomía de decisión sobre sus proyectos de vida. Aquí la tolerancia se transforma en reconocimiento de un derecho de modo tal que, aunque se disienta, se lucha por el derecho a disentir, por el derecho del otro a disentir de mí, no sólo para que sea jurídicamente reconocido, sino para que se den las condiciones sociales en las que pueda ser efectivamente ejercido por todos.

Con ello entramos ya en la consideración de la tolerancia como virtud, en la asunción de la convicción de tolerancia que enmarca el conjunto de las propias convicciones porque se valora como un bien.

Una tolerancia, por último, que brota de ese respeto, pero acompañado de la conciencia de la propia limitación en el camino hacia la verdad".

(Xabier Etxeberria, 1997)

En una sociedad plural como la nuestra, el respeto a la singularidad cultural de los individuos y grupos, a los distintos modos de pensar y de orientar la propia vida, la defensa y promoción de los valores comunes, son objetivos irrenunciables en una educación democrática; y en estos momentos, en los que es fácil percibir manifestaciones de xenofobia y racismo, una propuesta educativa que promueva, prioritariamente, la tolerancia como base de una convivencia civilizada, se hace imprescindible y urgente (Ortega, Mínguez y Gil, 1996).

1. APROXIMACIÓN CONCEPTUAL

El nombre de tolerancia nace dentro de la crisis de la Reforma (Joly, 1982) y sirve para designar la actitud adoptada por algunos autores durante las guerras religiosas de los siglos XVI y XVII, con vistas a conseguir una convivencia entre los católicos y los protestantes (Bravo, 1985)

Posteriormente el término tolerancia ha adquirido diversos sentidos:

a) Respeto para ciertas doctrinas, obras o confesiones religiosas (sentido religioso).

b) Respeto a los enunciados y prácticas políticas siempre que se hallen dentro del orden prescrito y aceptado libremente por la comunidad (sentido político)

c) Actitud de comprensión frente a las opiniones contrarias en las relaciones interpersonales, sin la cual se hacen imposibles dichas relaciones (sentido social).

d) Flexibilidad, ausencia de dureza y rigidez para con las razones y teorías contrarias a las propias (sentido filosófico-científico).

El diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, en sus voces "tolerar" y "tolerancia" nos señala, como sentidos principales, los siguientes: "sufrir", "llevar con paciencia", "permitir algo que no se tiene por lícito sin aprobarlo expresamente", "respeto y consideración hacia las opiniones o prácticas de los demás, aunque repugnen a las nuestras" y "reconocimiento de inmunidad política para los que profesan religiones distintas de las admitidas oficialmente".

Según Ibáñez-Martín (1984) las características esenciales que deben darse para que podamos hablar de tolerancia, son las siguientes:

a) Que un determinado fenómeno me afecte negativamente, que yo tenga poder para eliminarlo y que, sin embargo, permita su existencia, aunque no lo apruebe expresamente.

b) Que yo debo tener la capacidad, de un modo socialmente legítimo, como para evitar la existencia de aquello que me afecta negativamente.

c) Que yo me decida a permitir tal fenómeno, sin aprobarlo expresamente e incluso que pueda llegar a respetarlo, aunque personalmente me repugne.

Varios autores, y especialmente H. Marcuse (1977), han elaborado la noción de "tolerancia represiva". Ésta consiste sustancialmente en que en una sociedad capitalista e industrial se manifiesta formalmente el ideal de la tolerancia e inclusive se admite el ejercicio de la misma.

Sin embargo, tanto la expresión del ideal de tolerancia como su ejercicio en semejante tipo de sociedad, en lugar de servir para la liberación o emancipación de los grupos que son explotados dentro del sistema económico-social vigente, sirve para adormecer los impulsos de la liberación. En este caso, la tolerancia tendría la función de reprimir semejantes impulsos y es, por tanto, represiva más bien que liberadora.

Comprendiendo las motivaciones profundas de Marcuse para elaborar tan sugestiva crítica de la tolerancia pura, hemos de hacer constar a renglón seguido que no es ese tipo de tolerancia el que consideramos como valor. En situaciones como las que presenta Marcuse, defender la tolerancia no consistiría en justificar el orden establecido, sino impulsar la liberación en el seno de una sociedad dominada por poderes intolerantes, revestidos tan solo de una apariencia de tolerancia.

Se trataría de impulsar el advenimiento de un nuevo orden caracterizado por un sentido democrático real, agotando las vías del diálogo y la no violencia. Para que la tolerancia sea instrumento de liberación, las normas jurídicas en conjunto deberán ser consensuadas por todos los afectados, en cuanto que garantizan la igualdad de oportunidades o como "compromisos entre justicia y utilidad general" (Cortina 1985: 259)

Como el mismo Marcuse (1977: 79) afirma, en general la función y el valor de la tolerancia dependen de la igualdad que prevalece en la sociedad en la cual se practica, es decir, que existe una estrecha relación entre tolerancia y justicia (Etxeberria, 1994).

2. BASES DE LA TOLERANCIA

Para Rahner (1977) cabe explicar la naturaleza última de la tolerancia como el aguante paciente y esperanzado en los inevitables conflictos dimanantes de la pluralidad de las conciencias.

Según Bochenski (1979) podemos llamar tolerante tanto a la persona que se abstiene de condenar opiniones ajenas, como también al hombre que, frente a unas opiniones que no comparte y a las que condena como falsas, ni se irrita ni las combate.

En el terreno filosófico y en la práctica científica la tolerancia podría fundamentarse en la imposibilidad de encontrar la verdad absoluta. Si la verdad es pluridimensional y no es materialmente monopolizable, se sigue la necesidad de una actitud flexible (Ortega y Gasset. 1963). Moore (1977), por su parte, manifiesta que, desde una perspectiva científica, toda idea, incluyendo las notoriamente absurdas, merece que sus credenciales sean examinadas.

Esto no quiere decir aceptar tal idea. La tolerancia implica la existencia de un procedimiento específico para la comprobación de las ideas. Un progresivo y cambiante procedimiento deberá estar en el centro de cualquier concepción de tolerancia unida con el punto de vista científico.

Rahner (1977: 10) encuentra el común denominador de la tolerancia civil y religiosa en el hecho de que ambas hacen referencia a hombres que pueden reclamar respeto.

En esta misma línea Ibáñez-Martín (1984:102) señala que la raíz más sólida de la tolerancia se encuentra en la manifestación real de respeto a la dignidad de la naturaleza humana: "En efecto, nuestra naturaleza se caracteriza por una inteligencia que no es intuitiva, sino discursiva, de forma que no conoce la verdad sin pasar por muchos esfuerzos y no pocos errores, y por una libertad que no sólo puede escoger lo bueno sino también lo malo.

Por tanto, o pretendemos mantener que se ha producido un error trágico en la naturaleza humana, una corrupción interna a la que debería ponerse algún remedio -lo que, en última instancia, justificaría las arbitrariedades de cualquier iluminado- o nos daremos cuenta de la necesidad de la tolerancia. Ésta, en efecto, nos conducirá, por una parte, a aceptar el hecho de que ni todos los hombres se acercan a la verdad con la misma velocidad ni siquiera todos ellos terminarán alcanzándola, sin que tenga sentido pretender impedir por todos los medios que los demás incurran en error alguno.

Y por otra parte, nos hará ver también que debe abandonarse cualquier intento de conseguir la uniformidad entre los hombres, cuando lo importante es respetar el estilo que cada uno desee imprimir a su propia existencia".

A la luz de las anteriores aportaciones consideramos que las raíces o bases en las que se sustenta la tolerancia se encuentran por una parte en el respeto que merece siempre cualquier persona humana, o dicho de otra forma, en el reconocimiento del otro que, prescindiendo de su credo religioso, de su ideología o de su condición social, es una persona y, por tanto, digna de respeto y consideración; además, por otra parte, creemos que se funda también en las exigencias de una convivencia social en una sociedad pluralista en formas de entender la vida, en creencias y en valores (Ortega, Mínguez y Gil,1996).

El ideal de la tolerancia se desarrolla progresivamente en el Estado de la Ciudad Pluralista que, sin imponer ninguna ideología, sea inspirador de todo lo que puede ayudar al desarrollo de las personas en su diferenciación legítima; es decir, que favorezca, como señala Lacroix (1981: 131-132), la búsqueda de la unanimidad respetando el pluralismo.

La tolerancia hace referencia a la libertad y exige la armonización de las libertades, fomenta el pluralismo frente a la uniformidad y se esfuerza en reconocer que los otros tienen capacidad de decir su propia palabra y, por eso, hay que escucharla dialogando.

La tolerancia, tal como nosotros la entendemos, supone dejar los tics autoritarios derivados de la posición en la familia y en la sociedad, de la encarnación de la ortodoxia, de la preponderancia económica o de cualquier poder. Es justamente rebeldía frente al mundo que tenemos, en el que los valores derivan de la fuerza y no de la razón.

El análisis del concepto de tolerancia nos lleva a distinguirla de otros conceptos contrapuestos como son fanatismo y dogmatismo, así como a la consideración de la estrecha relación existente entre tolerancia y pluralismo.

3. TOLERANCIA-FANATISMO

En la sociedad actual los niveles de irracionalidad que ejercemos y padecemos son altos y preocupantes: irracional es la carrera de armamentos, la fiebre de poder, las intromisiones en la libertad ajena, el rechazo sistemático de las alternativas que otros proponen, la indiferencia ante la miseria y el sufrimiento de los demás, la descalificación arbitraria como forma de desacreditar a quien nos molesta. El tejido de la irracionalidad es inmenso.

Como señala Ibáñez-Martín (1984: 96) es fundamental delimitar exactamente el concepto de fanatismo, para poder precavernos y evitar caer en sus trampas.

Para el diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, fanático es: "quien defiende con tenacidad desmedida y apasionamiento, creencias y opiniones religiosas" y "preocupado o entusiasmado ciegamente por una cosa".

El fanatismo aparece como una actitud psicológica e ideológica que consiste en la incapacidad de soportar el relativismo del conocimiento, el carácter fragmentario e incompleto de toda búsqueda intelectual y de cualquier realización humana. Por eso racionalidad y fanatismo chocan frontalmente, ya que la primera desemboca en la comprensión y aceptación de los límites como ejercicio previo y el segundo es la raíz del dogmatismo, que, como indicaremos en páginas posteriores, es una concepción monolítica de la realidad.

El fanatismo, en sus realizaciones concretas que conocemos por la historia, tiene un claro componente religioso. Una religiosidad tradicionalista ha conducido a menudo a la formación -deformación sería más exacto- de un hombre individualista e intolerante, sin capacidad ni reflejos para entender y apreciar seriamente un mundo tan plural y complejo como el nuestro (Laboa, 1985).

El fanatismo lo describe Sánchez Torrado (1985) como un fenómeno patológico del pensamiento, de la bio-psicología y de la dinámica sociopolítica. Es miedo a la razón, ausencia de tolerancia e incluso agresión a personas y valores.

Para Ibáñez-Martín (1984:97) el error del fanatismo no está en el entusiasmo con que algo se defiende, sino que radica en que su apasionamiento es ciego. Es la incapacidad para atender razones lo que constituye la manifestación más notoria de esta ceguera junto con la decisión de alcanzar su objetivo, sin reparar en los medios que usan.

Esta incapacidad tiene manifestaciones variadas, algunas rayan en lo involuntario y otras en las que hay una más clara voluntariedad. Entre las primeras podemos señalar exaltación afectiva, por la cual se interpretan de modo diverso unos mismos datos, y rechazo a los matices que conduce a un universo donde sólo hay blanco y negro, buenos y malos, y en el que disentir se interpreta como traición. Entre las segundas, cabe señalar el rechazo de cualquier crítica y la decisión de falsear la realidad cuando convenga a los propios intereses.

¿Existen vías o correctivos para salir del fanatismo? Creemos que sí. Ante todo desarrollar una acción pedagógica progresiva, en la familia, escuela y sociedad, de educación para la tolerancia y para la democracia. Acción pedagógica cuyo objetivo principal sea la creación de las condiciones que hagan posible el desarrollo de la capacidad crítica y autocrítica y que, indirectamente, impida que puedan darse la irracionalidad, la irresponsabilidad, la represión, la cohesión del grupo compacto siempre a la defensiva y el dogmatismo, que son el caldo de cultivo del fanatismo.

4. TOLERANCIA-DOGMATISMO

Rokeach (1960) define el dogmatismo como "un estado mental bien observable en mundo práctico de las creencias políticas y religiosas, y en el mundo más académico del pensamiento científico y humanístico, caracterizado de forma general por una manera cerrada de pensar, y esto independientemente de la ideología que se tenga; intolerancia hacia aquellos que tienen creencias contrarias a las propias y especial tolerancia con aquellos que tienen creencias semejantes a las propias".

López- Yarto (1980) ha sintetizado los rasgos de la persona de mentalidad cerrada. Entre los mismos cabe destacar los siguientes:

El sistema básico de creencias del dogmático (López-Yarto, 1980: 13-14; Pastor 1983; 1986: 142-143), está caracterizado por:

Así pues las personas dogmáticas son aquellas que muestran una gran corazón mental o una adherencia tan rígida a cualquier ideología que se autoincapacitarían para la creatividad y la evolución, y favorecerían el desarrollo de emociones fuertes o conductas de intransigencia o intolerancia.

Una actitud fundamentalmente contraria a la tolerancia es la de pensar que se tiene por sí solo toda la verdad. Al obrar así, el hombre tiende a excluir y a rechazar todo lo nuevo. Además, lo nuevo se presenta como falso y sospechoso. En general, esto conduce a la intolerancia respecto a los demás.

Sinceramente creemos que toda cerrazón apriorista y autosuficiente, que rechaza a las demás personas y a las demás corrientes de pensamiento o sistemas políticos y sociales sin el esfuerzo indispensable de distinción entre lo que es válido y lo que es inaceptable, siempre se ha revelado como negativa.

Dentro de este marco, la tolerancia como respeto activo se presenta como un valor básico para el entendimiento entre los hombres. El que tiene en cuenta las dificultades que hay para llegar a una visión clara y sólida en los diferentes campos de la existencia, podrá comprender y respetar a todos los demás que ven las cosas de diferente manera (Lacroix, 1968: 107-119).

Para Adorno (1950) resulta evidente que aquellas personas que tienen mayor dificultad para enfrentarse consigo mismas, son a la vez las menos aptas para percibir cómo está hecho el mundo. La resistencia a ponerse en contacto con uno mismo y con el mundo, son dos cosas hechas en el fondo con los mismos materiales, y es aquí precisamente donde la educación debe jugar un papel importante.

Hemos de encontrar y perfeccionar con su uso las técnicas y estrategias para vencer resistencias tanto con las personas como con los grupos en los que éstas están integradas, para lograr transformaciones significativas en el paso del dogmatismo a la tolerancia.

La tolerancia es además el clima necesario para que puedan desarrollarse el diálogo y la colaboración en los distintos niveles de nuestra existencia y nos empuja a la solidaridad.

5. TOLERANCIA-PLURALISMO

La tolerancia guarda estrecha relación con el pluralismo, ya que el pluralismo, existencialmente aceptado y vivido, nos lleva a la tolerancia.

El pluralismo es una consecuencia lógica y real de la manifestación libre y responsable de diferentes maneras de entender el mundo y la vida (ideologías), o de comportarse en el mundo y en la vida (conductas).

El pluralismo es una valoración de las distintas actitudes, mentalidades y opciones del mundo actual, es un signo de nuestra capacidad de convivir y trabajar juntos personas de mentalidades muy diversas (Vázquez, 1983).

El verdadero pluralismo reviste siempre actitudes de respeto, humildad y apertura, y se plasma en una pacífica convivencia de ideologías y de comportamientos diferentes.

El pluralismo, globalmente considerado como fenómeno sociológico, abarca estos tres aspectos:

a) Pluralidad de opiniones y diversidad de conducta.

b) Coexistencia pacífica y respetuosa entre las personas y grupos que sostienen dichas opiniones y conductas.

c) Admisión, legalización o legitimación pública de la diversidad.

Ibáñez-Martín (1983) describe el pluralismo como "el sistema que abre la posibilidad de los modos de ser, de pensar y de actuar de cada individuo, sin ahogar las diferencias -también importantes- que puedan darse entre esos distintos desarrollos, pero sin perjuicio de que se aspire a la coexistencia de todos o incluso se procure la unidad necesaria para el mantenimiento de la sociedad".

El pluralismo en el campo filosófico, político, ideológico, social, científico y técnico es ya un fenómeno que no puede pararse, se presenta como irreversible. Y este pluralismo, que podríamos llamar civil, ha marcado definitivamente el hecho religioso. Nos encontramos en una sociedad también religiosamente plural (Bestard, 1984).

Con el pluralismo, la unidad cerrada y controlada del pensar y del actuar humano se ha roto. Las murallas del uniformismo ideológico se han desmoronado.

El pluralismo nos ayuda a apreciar debidamente la libertad humana y la decisión responsable de cada uno. Además, es potenciador de la propia iniciativa personal.

En una sociedad pluralista la tolerancia se convierte necesariamente en una actitud cívica extraordinariamente necesaria e importante. En un mundo plural, como el nuestro, no tienen sentido las actitudes autoritarias. Lo que se valora de verdad es una actitud de tolerancia y respeto hacia el otro, respeto que constituye el fundamento de toda convivencia humana civilizada.

La tolerancia es realmente un valor necesario para la construcción permanente de una sociedad de rostro humano, en la que ningún hombre sea víctima de otro hombre.

Todavía han de crearse, como señala Marcuse (1977: 99-100), las condiciones bajo las cuales la tolerancia pueda llegar a ser una fuerza liberalizadora y humanizadora.

Entre los presupuestos concretos y básicos para que la tolerancia sea algo más que un ideal, en una sociedad plural como la nuestra, podríamos citar los siguientes:

6. RECAPITULACIÓN: LA TOLERANCIA COMO ACTITUD

Resumiendo lo que acabamos de exponer podríamos caracterizar la actitud de la tolerancia como la evaluación afectivo-positiva del respeto a las personas o grupos que tienen ideas, religión, conducta y política diferentes a las nuestras. Valoración que implica una predisposición para actuar de forma respetuosa.

Para nosotros la tolerancia es una actitud positiva. No se trata de la mera ausencia de conflictos, de la coexistencia fruto de la indiferencia o habilidad diplomática, sino que rata de una predisposición al respeto, al diálogo, a la colaboración y a la búsqueda común (Cortina, 1996: 34-35).

Consideramos la tolerancia como un valor deseable, pues en la práctica todos necesitamos de la tolerancia de los otros. También en educación se nos presenta la tolerancia como un valor a desarrollar, pues los intentos de rígida dirección terminan frustrándose en la esterilidad al descuidar esa importante fuerza de reacción y progreso que es libertad y que desconocen los integrismos (Laboa, 1985: 16-17).

Si tuviéramos que hablar de límites de la tolerancia, señalaríamos las exigencias de convivencia pacífica, de la justicia y del bien común. Dicho de otra manera, todo aquello que pone en peligro la existencia física del cuerpo social y por consiguiente la de cada uno de sus miembros; más aún, lo que pone en peligro su existencia como seres espirituales, como seres intersubjetivos, como seres que en libertad piensan, eligen y se relacionan entre sí, como seres que para ser tales necesitan ser conscientes y responsables no sólo del destino individual sino del destino colectivo, y que, por consiguiente, necesitan participar en la determinación de fines y medios para la propia sociedad (González, 1985: 73).

Los límites de la tolerancia deben estar ante todo en esos valores universales que son los derechos humanos.

Para Victoria Camps (1994) las ideas, mientras sólo sean ideas, son tolerables en cualquier caso. Pero no lo son cuando quieren imponerse a quien no las comparte, mediante la violencia y la fuerza. A juicio de la profesora Camps, no sólo la agresión a la libertad de expresión es intolerable, sino además todo aquello que viole derechos humanos básicos, de tal manera que "no deberíamos tolerar que haya hambre en el mundo, que mueran miles de niños por enfermedades evitables, que sólo mediante guerras sepan dirimirse los conflictos. El objeto de la tolerancia son las diferencias inofensivas, no las que ofenden la dignidad humana".

Para Wolf (1977: 25) la tolerancia es sobre todo moderación, "la moderación de vivir y dejar vivir".

Ser tolerante significa saber respetar todas las actitudes, las ideas y los programas que intentan construir el bien común.

En el terreno social la tolerancia positiva implica sensibilidad y responsabilidad frente al ancho campo de los sectores marginados.
En el campo religioso la tolerancia significa profundo respeto por todas las creencias.

Una persona tolerante en política es un demócrata que sabe que tiene adversarios pero no enemigos; que es plenamente consciente de que partido proviene de "parte", y que una parte no lo puede monopolizar todo.

La persona tolerante en religión admite de buen grado el pluralismo confesional y quisiera que siempre fuese respetado el principio fundamental de la libertad religiosa, que consiste en que nadie sea coaccionado a creer, pero que toda persona pueda creer (Bestard. 1984: 133).

El polo negativo de la actitud de la tolerancia es la intolerancia que está transida de intransigencia, cerrazón y prejuicios.

Tolerancia e intolerancia nunca son absolutas, no las encontraremos en estado de pureza ideal en la realidad. No obstante puede sernos útil metodológicamente delimitar sus ámbitos respectivos, sus manifestaciones.

Si se quisiera esquematizar lo hasta aquí dicho sobre la actitud de la tolerancia, podrían formularse una serie de binomios tipológicos que ayudarán a comprender mejor la multiplicidad de matices que pueden revestir las manifestaciones de tolerancia-intolerancia:

Así pues la actitud de la tolerancia, a nuestro juicio, podría caracterizarse, como una disposición humana de aceptar creencias, pensamientos, acciones y conductas, que aunque no compartidas por uno mismo, o con las que no se identifica, se tiene no obstante la intención de encontrar puntos de unión que faciliten y hagan posible una pacífica convivencia entre la pluralidad y diversidad de personalidades humanas (Gil, 1989).

La intolerancia, aunque parezca señal de fortaleza, es más bien un signo de debilidad; y más que convicciones firmes, expresa actitudes más o menos fanáticas, aunque subjetivamente no se consideren como tales. Intolerancia e intransigencia se dan la mano y no es raro encontrar tales actitudes, en mayor o menor intensidad, en muchos sectores de nuestra sociedad, pues pesa bastante todavía en no pocas conciencias una tradición secular de dogmatismo intolerante y de autoritarismo coaccionante, para que hayamos aprendido a convivir en una sociedad plural como la actual.

De tal manera que quizás no sea exagerado afirmar que, hoy por hoy, la actitud de la tolerancia sigue siendo una de nuestras asignaturas pendientes.

Gil, R.
Valores humanos y desarrollo personal.
Tutorías de educación secundaria y escuelas de padres.

Ed. Escuela Española, Madrid, 1998, pp. 41-50

Tópicos para la reflexión

*Marca con un círculo el número que más se ajuste a tu forma de ser y actuar

1 = Nunca o casi nunca

2 = Algunas veces
3 = Frecuentemente
4 = Siempre

1.- Acepto a las otras personas aunque sus ideas no coincidan con las mías

1...2...3...4

2.- Soy crítico con los grupos ultras, radicales, reaccionarios y violentos

1...2...3...4

3.- Valoro, sin hacer distinción, tanto las opiniones de mis compañeros como de mis compañeras

1...2...3...4

4.- Respeto las creencias religiosas de otras personas aunque no estén de acuerdo con las mías

1...2...3...4

5.- Soy comprensivo y paciente con los fallos de mis familiares y compañeros

1...2...3...4

6.- Considero injustificado recurrir a la fuerza para resolver los problemas entre personas, grupos y naciones

1...2...3...4

7.- Siento simpatía por los diversos grupos que buscan solucionar problemas sociales,
.....aunque sus ideologías o creencias religiosas no coincidan con las mías.

1...2...3...4

8.- Procuro no caer en actitudes de fanatismo o dogmatismo

1...2...3...4

9.- No considero un enemigo ni al discrepante ni al disidente

1...2...3...4

10.- Considero que los otros pueden tener una parte de la verdad, mi punto de vista no es el único válido

1...2...3...4

Con los datos obtenidos en este pequeño ejercicio de reflexión, ¿qué conclusiones puedes sacar respecto de tu actitud de tolerancia? ¿qué deberías corregir o mejorar?