UNIDAD 4. Lectura 6

NACIONES JUVENILES.
CIUDADANÍA: EL NOMBRE DE LA INCLUSIÓN

Y aquí es donde uno se pregunta, a partir de las relaciones entre antropología y comunicación (...)
entre las series culturales y comunicacionales y las políticas, económicas y sociales,
si algo no está fallando en América Latina.
Si algo no se quedó mudo. Ya sea frente a los precarios procesos de integración,
crudamente economicistas, casi olvidados en las agendas de análisis sociocultural...

O frente a tantos otros procesos,
que debieran ser el centro o el contexto de la sincronización entre los tiempos
relativamente largos de las investigaciones académicas y los cortos,
reales, del análisis y la acción política.

ANIBAL FORD (1999)

Al iniciarse la década de los noventa se consolidaron o se aceleraron algunas de las tendencias que venían anunciándose desde la década anterior, esto es: la mundialización de la cultura por vía de las industrias culturales, los medios de comunicación y las súper tecnologías de información (Internet es el ejemplo más acabado, aunque no el único); el triunfo del discurso neoliberal montado sobre el adelgazamiento del Estado y sobre la exaltación del individualismo el empobrecimiento estructural y creciente de grandes sectores de la población; descrédito y deslegitimación de las instancias y dispositivos tradicionales de representación y participación (especialmente los partidos políticos y los sindicatos).

Estos elementos han significado para los jóvenes una afectación en:

a) su percepción de la política,
b) su percepción del espacio y
c) su percepción del futuro.

Situados en los márgenes de la sociedad -objetiva o simbólicamente-, los jóvenes, pese las diferencias (de clase, de género, de emblemas aglutinadores) parecen compartir varias características en este fin de siglo, como se ha intentado mostrar con algunos casos empíricos.

l. Poseen una conciencia planetaria, globalizada, que puede considerarse como una vocación internacionalista. Nada de lo que pasa en el mundo les es ajeno, se mantienen conectados a través de complejas redes de interacción y consumo, dentro y fuera de los circuitos del mercado.

2. Priorizan los pequeños espacios de la vida cotidiana como trincheras para impulsar la transformación global.

3. Hay un respeto casi religioso por el individuo, que se convierte en el centro de las prácticas. Puede decirse que la escala es individuo-mundo y que el grupo de pares no es ya un fin en sí mismo (como sucedía en la década de los ochenta), sino una mediación que debe respetar la heterogeneidad.

4. Existe una selección cuidadosa de las causas sociales en las que se involucran. Sus protestas tienen dedicatorias explícitas y van de las grandes transnacionales, a las policías y gobiernos locales.

5. El barrio, entendido como el territorio propio, ha dejado de ser el epicentro del mundo y de sus prácticas.

Tránsitos y mutaciones

Cuando los mapas geopolíticos del mundo se transforman, cuando los Estados nacionales parecen verse desbordados por un acelerado proceso de globalización y cuando la organización social de la tecnología parece haberse convertido en un eje central para la definición de los proyectos sociales de fin de siglo, la pregunta por la conformación de las culturas juveniles adquiere una importancia fundamental, en tanto ellas son portadoras de las contradicciones constitutivas de unas sociedades en acelerados procesos de transformación.

De qué manera los jóvenes están realizando la idea de nacionalidad, de qué maneras articulan sus microuniversos simbólicos con los procesos globales, de qué manera incorporan, reinterpretándolos, los sentidos culturales objetivados en instituciones, discursos, productos, de qué manera sus prácticas revelan la tensión entre la tradición y el cambio social.

Se trata de preguntas complejas que demandan colocarse en el terreno de las prácticas sociales, en los territorios de los jóvenes; pero de otro lado, resulta clave no perder de vista que los jóvenes son actores en el mundo social y no fuera de éste, y en tal sentido, la agenda de investigación en torno a los jóvenes debe ser capaz de plantear interrogantes al conjunto de la sociedad. Se trata entonces de entender las identidades juveniles en el entramado complejo y múltiple de sus interacciones.

Es importante en este sentido retomar el concepto propuesto por Mary Louise Pratt (1997): "zona de contacto", en sus estudios sobre las formas de relación y representación entre las metrópolis colonizadoras y las "periferias". Desde una perspectiva crítica, Pratt pone de relieve "que los sujetos se constituyen en y por sus relaciones mutuas", lo que permite a la autora transcender en su análisis la dicotomía entre dominantes-dominados y mirar las relaciones en términos de "copresencia, de interacción, de una trabazón de comprensión y prácticas, muchas veces dentro de relaciones de poder radicalmente asimétricas". Asumir este enfoque, que afortunadamente empieza a ser una perspectiva compartida por muchos estudiosos de las culturas juveniles, implica entender que los jóvenes no están "fuera" de lo social, que sus formas de adscripción identitaria, sus representaciones, sus anhelos, sus sueños, sus cuerpos, se construyen y se configuran en el "contacto" con una sociedad de la que también forman parte.

Proponer la reflexión en estos términos significa aceptar el desafío que están planteando dos elementos fundamentales y que pueden considerarse hoy ya como constitutivos epocales:

a) la transformación en las formas de "ciudadanía",
b)la transformación en la percepción y concepción del espacio y del tiempo, operada por los procesos de globalización.

En lo que toca a la globalización, hay que señalar que ninguna cultura local, ningún grupo social puede hoy entenderse al margen de los vínculos, cruces y a veces yuxtaposiciones entre lo local, lo nacional y lo global. Sin embargo, esta tríada amenaza con convenirse en un discurso muy cómodo para apelar de manera genérica y totalizadora a un proceso que sólo la investigación con arraigo empírico -que no empirismo- puede ayudar a comprender a través de sus expresiones y manifestaciones particulares. El mundo como realización de lo local y lo local como expresión de un mundo múltiplemente conectado, configuran el escenario complejo de fin de siglo.

El mundo se desterritorializa, es cierto, con respecto al quiebre de un centro con la periferia, con respecto al discurso de un mercado que se globaliza, con respecto a Internet y sus redes virtuales, pero sólo para volver a relocalizarse, a reterritorializarse, es decir a establecer sus nuevas coordenadas de operación.

Quizás uno de los elementos más pertinentes de estos procesos en relación con las culturas juveniles es lo que podríamos denominar "invención del territorio", noción que permite trabajar la relación entre la reorganización geopolítica del mundo y la construcción -apropiación que hacen los jóvenes de "nuevos" espacios a los que dotan de sentidos diversos al trastocar o invertir los usos definidos desde los poderes.

Por ejemplo, las culturas juveniles han dotado a "la calle", al concierto o "la tocada" -como nombran los espacios musicales los jóvenes mexicanos- de una función política que desborda los espacios formales y legítimamente constituidos para la práctica de la política. Al dotar a "la esquina" del barrio de funciones múltiples como escuchar música, discutir cuestiones públicas, estar juntos, leer poemas y realizar algunas ceremonias colectivas de consumo de drogas, los colectivos juveniles que existen en los ámbitos locales transforman el territorio en un signo cultural y político que vuelve evidente, sin la explicitación de la protesta, las exclusiones derivadas de un orden social que al globalizarse opera un vaciamiento de sentido en el espacio.

Junto con otras categorías socioculturales de identidad, mujeres e indígenas por ejemplo, los actores juveniles, al inventar territorios para la acción en una forma de respuesta a las exclusiones, valores, símbolos y formas de comunicación derivadas de la globalización y portadoras de sus propios mecanismos de dominación, señalan que todos estos procesos de escala planetaria no desaparecen el territorio, ni lo convierten en un "no lugar", a la manera de Auge (1993). El análisis de las culturas juveniles desde estas lógicas posibilita entender la reconfiguración de lo local en sus relaciones complejas (de resistencia, negociación y conflicto) con lo global.

Quizás uno de los "lugares" que se ha visto sacudido desde sus raíces por la dinámica de cruces y choques entre lo global y lo local sea el de la ciudadanía, que condensa uno de los debates centrales para la sociedad, hoy: la inclusión frente a la exclusión.

Más que abordar en este punto, la crisis económica y política de la modernidad latinoamericana, sin olvidar estos factores, resulta fundamental pensar la crisis cultural de la modernidad latinoamericana, que se ha vuelto más evidente conforme se vuelven visibles los actores, las prácticas y los procesos, que, en su afán de volverse moderna, América Latina "olvidó", en tanto no cabían en un proyecto de signo eurocéntrico, masculino, adulto y blanco.

Indígenas, negros, mujeres, quedaron al margen por su "inviabilidad". Después de sesenta años de "modernidad" en la región82, los excluidos han vuelto al centro del debate y de la acción, volviendo visible la incapacidad de este modelo para incorporar la diferencia, sin convertirla en desigualdad.


82Tomando con fecha la década de los treinta, momento de la "epopeya" modernizadora en el caso de México, Argentina y Brasil.


Los reclamos aparecen en la forma de mujeres que buscan mayores y mejores espacios de participación, de movimientos indígenas y étnicos que reclaman su derecho a la inclusión desde su diferencia, en la dramatización con que las culturas juveniles narran su identidad. Manifestaciones todas de la crisis sociopolítica cuyo núcleo radica en la cultura, es decir, en la forma en que se construyó el modo de pensar, mirar y nombrar el mundo.

Las culturas juveniles, algunos movimientos indígenas y un protagonismo ciudadano creciente, han venido a cuestionar el poder legítimo de unos Estados autoritarios y a evidenciar las promesas incumplidas de una modernidad que no ha logrado hacer realidad el sueño de unas naciones en las que todos caben.

En las prácticas irruptivas de muchos colectivos juveniles, más allá de la estridencia o el silencio, más allá de la resistencia o el conformismo, más allá de las músicas y los graffitis, lo que se puede ver es el estallamiento en mil pedazos de ese proyecto político social que se muestra incapaz de ofrecer alternativas a más de 200 millones de latinoamericanos en situación de pobreza.

El modelo clásico y restringido de la ciudadanía, en sus tres dimensiones: civil, política y social (Marshall, 1965), se ve hoy fuertemente cuestionado por lo que algunos estudiosos, Rosaldo (1992) por ejemplo, denominan "ciudadanía cultural", para hacer alusión al derecho a la ciudadanía desde la diferencia. Diferentes analizadores socioculturales permiten fortalecer esta idea. Por ejemplo, el movimiento indígena zapatista del sudeste mexicano, aparecido en 1994, en su fase temprana planteó varias e importantes ideas, aquella de "para todos, todo, nada para nosotros" o la consigna de "mandar obedeciendo". Lo que el movimiento indígena ha logrado, ha sido plantear una idea distinta del ejercicio del poder. Aparecen en la arena política movimientos no interesados en la toma del poder, pero sí en propiciar otras formas de poder, lo que ha venido a reconfigurar la idea de una ciudadanía pasiva, a una de carácter activo.

La visibilización se conviene en nueva estrategia política. La carnavalización de la protesta, la dramatización de los referentes identitarios, la imaginación para captar la atención de los medios de comunicación, trastoca las relaciones en el espacio público y señala la transformación en los modos de hacer política. El tema de la visibilidad es un asunto clave en lo que toca a la reconfiguración de las formas socio políticas del mundo.

Las culturas juveniles se vuelven visibles. Los jóvenes, organizados o no, se convierten en "termómetro" para medir los tamaños de la exclusión, la brecha creciente entre los que caben y los que no caben, es decir, "los inviables", los que no pueden acceder a este modelo y que por lo tanto no alcanzan el estatuto ciudadano.

De otro lado, no puede dejar de señalarse la centralidad de la cultura en las sociedades contemporáneas. Lo que he venido llamando la culturalización de la política, para hacer alusión a la reconfiguración de los referentes que orientan la acción de los sujetos en el espacio público y los llevan a participar en proyectos, propuestas y expresiones de muy distinto cuño, pone en crisis los supuestos de una política dura, normativizada y restringida a los "profesionales".

Es esta idea la que, a mi juicio, puede ayudar a destrabar no sólo las agendas de investigación para universidades y organizaciones sociales, sino de manera fundamental las agendas para las políticas públicas, para los partidos y las autoridades. Se trata de señalar aquí, enfáticamente, que no es que los jóvenes sean apáticos, ni estén ausentes de la participación como quiere hacernos creer cierto tipo de discurso desmovilizador; y, por supuesto, sin intención de convertir estas páginas en apología de los jóvenes, puede afirmarse, a través de una ya larga trayectoria de investigación empírica, que los jóvenes, aunque de manera balbuceante, están inaugurando "nuevos" lugares de participación política, nuevos lugares de enunciación, nuevos lugares de comunicación.

Preguntas y articulaciones

A veces parece existir una especie de reproche a los investigadores que trabajamos desde los colectivos juveniles y desde sus procesos de adscripción identitaria, cuando nombramos su identidad a través de una palabra: raztecas, góticos, taggers, punks, metaleros, etc. Nombres que se interpretan desde las lecturas externas como un proceso de etiquetación promovido por los propios investigadores. Pero, lo que se intenta con este tipo de análisis es recuperar el modo en que cada uno de estos grupos juveniles construye sus propios procesos de autoidentificación.

Son los nombres con los que se autonombran y cuya diversidad y expansión señala, entre otras cosas, la fragmentación identitaria entre los jóvenes y la diferenciación de caminos y búsquedas que emprenden en su intento por domesticar el caos. La pregunta pertinente, me parece, es si esta fragmentación puede pensarse realmente en términos de multiculturalidad tanto a escala local como a escala global o, estamos asistiendo a un proceso de "ghetización" de las identidades que terminará por volver autistas o terriblemente intolerantes a las distintas agregaciones juveniles, procesos favorecidos tanto por la especialización del mercado como por el papel que algunos medios de comunicación están jugando en el modo de narrar el conflicto social.

Crear las alternativas

Las distintas formas de agregación juvenil parecen estar reivindicando de manera creciente el valor de lo local, del comunitarismo y del autoempleo, que no pueden entenderse al margen de los procesos de globalización, de individualización y del proyecto económico dominante. En este nivel, por ejemplo, la creación de microempresas culturales y artesanales, de brigadas que hacen danza, boletines y otras producciones culturales (como en el caso de los raztecas y punks), obliga a un replanteamiento en el modo tradicional , en que las políticas de juventud pretenden atender los problemas del empleo. Ante la precarización del empleo, llamada eufemísticamente "flexibilización", algunas identidades juveniles parecen encontrar la forma de decirle a la sociedad "yo puedo reinventar las formas de trabajo".

En este nivel son varias las preguntas pertinentes. Por ejemplo, la necesaria indagación en relación con las formas de autoempleo que aparecen entre los jóvenes y que de un lado hacen visible el deterioro estructural de los mecanismos de incorporación social, pero de otro lado, apuntan hacia una "sensibilidad" distinta para relacionarse con la lógica del empleo formal característica del siglo XX. Hay ahí una pregunta estructural y una pregunta cultural.

Rituales para el desconcierto

En el trabajo de seguimiento y acompañamiento de las formas que asumen las identidades juveniles, la pista en torno a la socioestética, como una categoría que permite analizar la manera en que "la forma" termina por convertirse en fondo. Un conjunto importante de colectivos juveniles empiezan a buscar maneras posibles de salir de los circuitos del mercado, entendido aquí como la oferta regulada de "identidades a la carta".

El vestuario, las marcas corporales, la apariencia, buscan no sólo la expresión libre del cuerpo, sino la dramatización de algunas de las creencias fundamentales de las que hacen parte. Muchas de las estéticas juveniles son producto de mezclas, préstamos e intercambios, que resignifican en una solución de continuidad la contradicción.

En este nivel no basta el trabajo in situ, es decir no basta "estar ahí', en términos antropológicos (Geertz, 1997). Se trata también de trabajar con los productos y los procesos de producción cultural de los jóvenes, para tratar de "escuchar" qué es lo que están tratando de decir a través de sus músicas, de su poesía, de sus graffitis, qué es lo que están tratando de decirle a la sociedad en términos de configuraciones cognitivas y , configuraciones afectivas y, especialmente, de configuraciones políticas.

Los anclajes.

Con relación a las rupturas de las formas de vida socialmente legitimadas, entre los jóvenes, resulta fundamental no perder de vista las diferencias y similitudes ancladas en la pertenencia a una clase y a los diferentes estratos socioeconómicos. Las generalizaciones siempre resultan peligrosas y en sociedades tan jerárquicamente clasistas como las nuestras, este componente sigue jugando un papel clave a la hora de la conformación de las identidades sociales. De qué jóvenes estamos hablando, dónde están sus anclajes profundos y sus anclajes; situacionales.

Fuerzas y tensiones

El estudio de las concreciones empíricas que asumen las diferentes grupalidades juveniles permite no sólo el análisis "fino" de representaciones y prácticas diferenciadas. Las expresiones juveniles, señalan, de diferentes maneras, que la globalización no es sólo un fenómeno de carácter económico o un proceso que pase solamente por los grandes medios de comunicación. No se puede tampoco apelar, simplistamente, a una explicación por la vía del "contagio cultural".

Si hay algo que parece caracterizar a los movimientos sociales del tercer milenio es la tensión entre dos fuerzas aparentemente antagónicas. La metáfora gravitacional puede ser útil aquí. Una primera fuerza "centrípeta" (la que mantiene a los cuerpos girando alrededor de un centro) se manifiesta en el constante retorno a un pasado que se extravió en alguna parte del camino; los movimientos ambientalistas, algunos movimientos indigenistas y varios movimientos juveniles, se moverían "atraídos" por "el centro" que puede representar la refundación del pasado.

De otro lado, una fuerza centrífuga (la que aleja a los cuerpos del centro hacia la tangente), estaría expresándose en los movimientos de repliegue, de automarginación frente a un presente que se percibe caótico y sin opciones. La denegación de la política altamente política, de la que habla Beck (1999), puede entenderse muy bien en estos movimientos desde los márgenes.

Estas tensiones no se corresponden con los movimientos conservacionistas y tampoco con el individualismo narcisista de la era posmoderna. El asunto es complejo y escapa a la etiquetación ideológica en estos tiempos en que el sentido no tiene domicilio fijo.
No hay demasiadas certezas pero los nuevos habitantes de la aldea global no parecen encontrarse demasiado cómodos en el tiempo-espacio del presente, y lo hacen sentir.

El que numerosos colectivos juveniles (y muchos movimientos sociales), retornen a los temas indígenas, a los temas de la negritud, al de las minorías inmigrantes o a la nación fundacional, como el caso de las identidades chicanas en los Ángeles que han acuñado para esa ciudad el nombre la "Nueva Azulan" (según algunas teorías, Azulan es el nombre original de México), plantea una pregunta con mayúsculas. Procesos que pueden verse como una búsqueda de referentes, de certidumbres, de lugares de anclaje. ¿Ante la velocidad, el deterioro de los emblemas aglutinadores y la disputa planetaria por la conquista de una nueva hegemonía capaz de recuperar a la sociedad, los jóvenes, buscarían en el "origen" y en los "márgenes" elementos para explicar el presente y proyectar el futuro?

En el proceso de blanquización de varias de las sociedades modernas latinoamericanas, el patrimonio del origen quedó como un pasado glorioso, que había que superar; en la adopción de un modelo en el que se dio una fuerte tendencia a borrar todo aquello que impedía el avance hacia esa modernidad de escaparate, hubo grandes pérdidas. Hoy, actores históricamente excluidos de esos procesos de modernización, ciudadanos de tercera y quinta categoría, intentan recuperar ese pasado, a veces, de forma democrática; a veces, con ciertos regresos autoritarios o románticos. Pero no deja de resultar paradójico que en plena era de la "sociedad red" de la "aldea global" y de la llamada "sociedad postindustrial", se busque el sentido del presente en el pasado y el sentido del lugar en el afuera.

Por ello, la relación entre lo local y lo global implica como reto para la investigación, la capacidad de movimiento, de desplazamiento veloz y de atención concentrada en los distintos espacios que se convierten en lugares de altísima densidad significativa para pensar la sociedad. Estoy convencida de que uno de esos lugares es el de los territorios juveniles.

El "síndrome Giuliani" y los medios de comunicación

Los jóvenes -aunque, por supuesto, no de manera exclusiva- se han convertido en los destinatarios de un autoritarismo que tiende a fijar en ellos de manera obsesiva los miedos, la desconfianza, las inquietudes que provoca hoy la vulnerabilidad extrema en diversos órdenes sociales.

La "doctrina Giuliani" exportada al mundo desde Nueva York a partir de 1993, ha colocado en el ojo del huracán a los jóvenes de los sectores populares. "Tolerancia cero", como se denominó en NY la campaña policíaca para combatir el pequeño crimen, bajo el supuesto de que quien rompe una ventana o hace un graffiti es capaz de volar un edificio en pedazos, no solamente ha impactado a los gobiernos del continente en sus "programas" de combate a la violencia83, sino que además, de manera lenta pero eficiente, se ha instalado en el lenguaje de los medios de comunicación (la televisión, principalmente) para actuar como caja de resonancia de un imaginario al que le sobran miedos y le faltan chivos expiatorios.

El tratamiento informativo que se hace de la nota roja en general y en particular cuando se habla de los jóvenes, está lleno de calificaciones y estigmatizaciones, que fomentan-generan una opinión pública que tiende a justificar el clima de violencia policíaca y de constantes violaciones a los derechos humanos.

La configuración de los miedos que la sociedad experimenta ante ciertos grupos y espacios sociales tiene una estrecha vinculación con ese discurso de los medios que, de manera simplista, etiqueta y marca a los sujetos de los cuales habla. Mediante estas operaciones, ser joven equivale a ser "peligroso", "drogadicto o marihuano", "violento"; se recurre también a la descripción de ciertos rasgos raciales o de apariencia para construir las notas. Entonces, ser un joven de los barrios periféricos o de los sectores marginales se traduce en ser "violento", "vago", "ladrón", "drogadicto", "malviviente" y "asesino" en potencia o real.

Se refuerza con esto un imaginario que atribuye a la juventud el rol del "enemigo interno al que hay que reprimir por todos los medios.

Estamos aquí ante una especie de "transferencia" de responsabilidades. Al tratar la violencia, la falta de seguridad, el incremento de la delincuencia, sin contextos sociopolíticos, se hace aparecer a los sectores marginales, a los pobres de la sociedad, especialmente los jóvenes, como los responsables directos de la inseguridad en las ciudades y esto, de nueva cuenta, favorece el clima de hostigamiento y represión y otra vez, la justificación de las medidas legales e ilegales que se emprenden en contra de estos actores.

De ahí que el saldo de los acontecimientos, arroje como balance una esquizofrénica dicotomía ente "muertos buenos"y "muertos malos", o peor aún "muertos olvidables". Las noticias de hechos de violencia en contra de jóvenes84 se convienen en algo natural, normal, pasan a segundo plano, se olvidan. Y con esta amnesia se contribuye a la aceptación de la impunidad, a la tolerancia infinita que no es capaz de ponerle un freno a la violencia provenga de donde provenga.

La multidimensionalidad de las violencias que han estallado en este último tramo hacia el tercer milenio, las vuelve difícilmente asibles y por lo tanto difícilmente representables. El mecanismo más sencillo es el de recurrir a un "chivo expiatorio" a quien pasarle las facturas.


83Como lo muestra en su espléndido e imprescindible libro Loic Wacquant, Les prisons de la misere (1999), para los casos de México, Argentina y Brasil, cuyos gobiernos declararon su simpatía por la "tolerancia cero" del alcalde Rudolph Giuliani.
84No así la violencia ejercida por jóvenes que es un tema-negocio ampliamente redituable y que puede cronológicamente ubicarse como las violencias juveniles pre-Litleton y pos-Litleton, en tanto el asesinato masivo que dos jóvenes cometieron en la escuela Colombine de Litleton en Denver, aportó elementos inéditos al tratamiento del tema, al abrir por primera vez, de manera seria, un debate en torno al armamentismo creciente en los Estados Unidos.


La contribución que en esto realizan buena parte de los medios de comunicación por omisión o por acción, es indudable.

Cuando las instituciones políticas han caído en el descrédito y deslegitimación, cuando la autoridad se muestra incapaz de dar respuestas eficientes a los problemas de las comunidades, cuando la sociedad no encuentra cauces de participación, es fácil que los medios dejen de ser precisamente eso, "medios", y se conviertan en actores de peso completo que se erigen en jueces, en árbitros, cuyas construcciones del acontecer tienen efectos reales sobre la socialidad contemporánea.

Se trata de una bola de nieve, mientras impere un imaginario que atribuye a ciertos actores sociales unas características que justifiquen las razzias eufemísticamente llamadas "operativos antipandillas", mientras se consienta la violencia institucionalizada u otras, mediante mecanismos discursivos que la expliquen por su vinculación con algunos constitutivos identitarios (la religión, el color, la raza, la edad, el sexo), mientras impere entre gobernantes y gobernados una relación de miedo y desconfianza, no será posible avanzar en el diseño de principios reguladores que la sociedad requiere para enfrentar los desafíos que le plantea la magnitud de la crisis que atraviesa.

Hay, en la triple relación: políticas públicas de combate a la delincuencia, el discurso y los dispositivos de los medios de comunicación y los imaginarios colectivos, una agenda de investigación urgente en tanto ella puede en tanto ella puede ayudar a repensar los modos de la ciudadanía juvenil.

Ciudadanías un relato posible.

La irrupción en la escena política de las dimensiones de la vida privada y cotidiana y la visibilización creciente del discurso de la diferencia cultural como un componente indisociable de las democracias modernas, han hecho estallar las concepciones clásicas de ciudadanía, que ha reconocido básicamente tres dimensiones: la civil, que garantiza los derechos civiles y las libertades personales para los miembros de un territorio delimitado; la política, que busca garantizar el derecho al sufragio y a la participación y, finalmente, la social (que aparece asociada al fortalecimiento del Estado de bienestar), referida a los derechos al bienestar y vinculados a la política social del Estado-nación (Marshall, 1965).

Estas tres acepciones conciben la ciudadanía como un status o situación legal (Ramírez, 1998). Lo que importa destacar aquí es que son los movimientos sociales en su compleja heterogeneidad los que han venido a señalar la insuficiencia de una conceptualización pasiva en la que la ciudadanía parece una graciosa concesión de los poderes y no, como de hecho está demostrando ser, una mediación fundamental que sintetiza o integra las distintas identidades sociales que el individuo moderno puede actualizar (mujer, indígena, negro, profesional, consumidor, espectador, joven, público, homosexual, etc.), para participar con derechos plenos en una sociedad.

El debate en tomo a la ciudadanía es hoy día uno de los más vigorosos, tanto en los foros sociopolíticos como académicos, y ello se explica, en parte, por la necesidad de renombrar un conjunto de procesos de incorporación y reconocimiento social que no se agotan en la pertenencia a un territorio, en el derecho al voto ya la seguridad social, sino que de manera creciente se articulan a la reivindicación de la diferencia cultural como palanca para impulsar la igualdad. Se debate ya una cuarta dimensión de la ciudadanía, "la cultural" (Rosaldo, 1992), dimensión que se ha hecho visible en las luchas políticas de minorías y excluidos de los circuitos dominantes, en las que el reconocimiento de la pertenencia a una comunidad específica, con los derechos y obligaciones que de ello se derivan, es la demanda central a la que se integran las otras dimensiones, sin anularlas ni contradecirlas.

En el contexto latinoamericano, donde la política social y las políticas públicas para los jóvenes se restringen, en el mejor de los casos, al ámbito de la educación formal o capacitación, a la salud y el deporte, este resulta un tema complejo. Algunas investigaciones empíricas han señalado que los jóvenes son especialmente sensibles a este tema. Quieren participar pero no saben cómo colocarse ante una sociedad que los exalta y los reprime simultáneamente.

Cuando se indaga en su discurso, lo que va apareciendo es un conjunto de "prácticas sin nombre", es decir, la casi imposibilidad para ellos mismos de nombrar su pertenencia ciudadana. Ello me ha llevado a formular la hipótesis de que para la mayoría de los jóvenes, la ciudadanía se define en la práctica, se trata de una concepción activa que se define en el hacer: "si estudio o trabajo (en lo que sea), hago una revista cultural o toco en un grupo, soy ciudadano", en cambio, "si no aparezco en listas (de admisión a las instituciones de educación) o no consigo trabajo, la policía me reprime o carezco de espacios de expresión, no soy ciudadano".

Así, la ciudadanía aparece directamente vinculada al eje de la inclusión-exclusión. Y además de las condiciones objetivas que la soportan (instituciones, políticas, servicios, normas) tiene un componente afectivo importante que se expresa en "nuevas sensibilidades" (Martín Barbero, 1998), que reorganizan los saberes tradicionales en un contexto de incertidumbre para ponerlos a funcionar, a veces con un sentido pragmático, a veces crítico, con el objeto de ganar espacios de inclusión y participación.

Resulta difícil captar los distintos significados, tradicionales y emergentes con que los jóvenes dotan de sentido a la ciudadanía: la ciudadanía como el ámbito de los derechos civiles (tribunales, leyes, impartición de justicia); la ciudadanía como ámbito de los derechos políticos (democracia formal, democracia representativa y democracia directa); como ámbito de los derechos sociales (servicios de seguridad social, educación, derecho al empleo); como ámbito de los derechos culturales (inclusión y reconocimiento de su identidad diferencial).

Captar estos sentidos permitirá avanzar en la intelección de las distintas formas en que los jóvenes participan real o virtualmente en el espacio social.

Si la ciudadanía se define en el hacer, son las prácticas el territorio privilegiado para explorar la participación juvenil, que no puede restringirse, por las razones que se han discutido, a los ámbitos explícitamente formales. En la complejidad de sentidos con que los jóvenes habitan el espacio público, radican pistas para entender el futuro en nuestras sociedades.

Si, de un lado, es fundamental reconocer (y aplaudir) los signos de una sociedad civil en plena emergencia; de otro lado, se requiere de un optimismo cauteloso que permita hacer la crítica de las formas de socialidad contemporánea. La dificultad estriba en que el movimiento no se detiene para esperar pacientemente a que pensemos; hoy más que nunca la sociedad requiere de la habilidad para establecer las reglas de juego en el propio juego. Por lo pronto, es urgente una investigación que penetre hermenéuticamente los mundos y los modos de la vida de las culturas juveniles, como condición para el impulso de ese proyecto político sin el cual la diferencia y la diversidad son meros instrumentos retóricos de la dominación y caldo de cultivo para la(s) violencia(s).

Reguillo, R.
Emergencia de culturas juveniles. Estrategias del desencanto.
Ed. Norma Enciclopedia latinoamericana de sociocultura y comunicación,
Buenos Aires, 2000, pp. 182

Tópicos para la reflexión