El escritor Guillermo Rubio visita la Preparatoria Emiliano Zapata.

Cultura

El autor de 67 años de edad ha publicado cinco novelas

BUAP. 9 de septiembre de 2016.- La narcocultura es un término que actualmente suscita opiniones a favor y en contra. Por un lado, se plantea que estas manifestaciones hacen una apología del crimen y coadyuvan a la tipificación de la violencia; por otra, se les reconoce como un reflejo del contexto de la obra. Las novelas de Guillermo Rubio están construidas, como él mismo relata, tomando como referente su experiencia. “He convivido tanto con la policía como con los criminales: sé cómo actúa la policía y cómo los criminales”.

Rubio relata al inicio de Pasito Tun Tun, su opera prima, el acercamiento a un mundo cultural y artístico que vivió, al ser asignado escolta de un reconocido personaje del mundo periodístico en abril de 1990. “Todo lo que yo escuchaba eran proyectos creativos y, si escuchas tanto de crear, te animas a entrar al ruedo”, afirma. Después de pasar gran parte de su vida laboral como policía y tener como única escolaridad la primaria, este cúmulo de experiencias lo movió a escribir su primera novela.

La Dirección de Fomento Editorial de la BUAP ha publicado dos libros de este escritor: Visitando al diablo, en 2014, y Una noche de suerte, en 2016. Así, el escritor tuvo una charla con los estudiantes de la Preparatoria Emiliano Zapata, con quienes compartió su experiencia como escritor. A continuación se presenta una entrevista con el autor:

-¿Cuál fue la razón que lo llevó a escribir Pasito tun tun?

-Cuando sucede el homicidio de los vigilantes de la Jornada por parte de un grupo guerrillero que se denominaba PROCUP, yo estaba en la Procuraduría del Distrito Federal, en un grupo encargado de la investigación de los grupos guerrilleros. Debido a esto, me mandaron a hacerme cargo de la escolta del director del periódico; yo manejaba su carro.

Empecé a conocer intelectuales en la rama de la literatura, pintura, etcétera. El director me pasaba libros de las personas que iba conociendo, por dar un ejemplo, Carlos Fuentes. Me decía que me lo prestaba y que luego lo comentábamos.

Sucedió el homicidio de Ruiz Massieu, el presidente del PRI en ese entonces, y se hace una opereta sobre el homicidio, donde salieron varios implicados. Viniendo de la casa de campo del director, una noche de domingo, escuchábamos la noticia sobre el homicidio y le dije que iba a hacer un texto sobre eso. De ahí salió Pasito Tun Tun. Esa novela la hice en tres, cuatro meses, la volví a hacer otra vez y la volví a hacer otra vez.

-Desde entonces, a la fecha, ¿cómo ha evolucionado su forma de escribir?

-El proceso ha sido bastante difícil. A la fecha no he podido encontrar una conjunción entre la corrección y el estilo; es con lo que he estado batallando. Puedes escribir hojas y hojas, como en el caso de una novela mía que fue rechazada de una editorial por cuestiones de estilo. No obstante, sigo escribiendo diario. Ya lo he tomado como una profesión. No hay ninguna educación literaria previa a esto para mí.

-¿Cuál es su postura con relación a la narcocultura?

-Pasito Tun Tun y El Sinaloa no son apologías al crimen, sino que son una reconstrucción de lo que hay atrás del escenario, de cómo viven estas personas. Lo que trato de reflejar son personajes que están en la cúspide de su vida o carrera criminal. Les va muy bien, pero lo que les va a suceder es lo que les pasa a todos los delincuentes: tienen que pagar por lo que hicieron.

-En Pasito Tun Tun se presenta un modelo del “macho mexicano” en contraposición a Tony, una chica transexual. ¿Cree usted que la imagen del "macho" esté viviendo un cambio en la sociedad mexicana?

-Yo creo que va decayendo. Usualmente el macho mexicano estaba representado por los tipos de los altos de Jalisco o los charros, por ejemplo, pero en la actualidad se ha diluido. Todo ha ido cambiando conforme avanza la cultura. Antes esto era más cerrado.

-Tras publicar dos libros en un sello editorial universitario, ¿qué rumbo considera que están tomando esta clase de editoriales?

-Pienso que hay apertura. En lo personal, considero que me dieron una cabida inmerecida al no ser miembro de la comunidad universitaria. No sé cuántos casos como el mío haya, pero es algo que le tengo que agradecer a la BUAP, sobretodo porque mi literatura, sea como sea, es violenta. Son historias vinculadas, hasta ahora, con el narcotráfico. Dudo que haya muchas universidades que le den un espacio a escritores como yo.

-¿Cuáles son sus siguientes proyectos?

-El domingo terminé mi primera novela de un detective. Se va a llamar Rafael Gamboa: Rafael en honor a Rafael Bernal y Gamboa porque es el segundo apellido de mi padre. Este texto está situado en 2016, así que el detective no es la estrella del relato, sino que son los aparatos interceptores que usa para dar con unos secuestradores.

Pienso hacer otras novelas y situar al detective en distintas épocas, desde la Nueva España hasta el año 3000, por ejemplo. Esto con el fin de que Rafael Gamboa se luzca como investigador, pero sin los medios que hay ahora. En el tiempo de Hernán Cortés, ¿cómo le va a hacer el pobre?

-¿Qué consejos le daría a un estudiante de educación media superior o universitario que se proponga comenzar a escribir?

-Lo que tiene que hacer uno es escribir sobre lo que se domina. Si yo tratara de escribir sobre amor, por ejemplo, sería muy difícil para mí. Si me lo propongo, seguro lo puedo hacer, pero quizá no tendría la velocidad ni el ritmo que tengo en mis textos.

Además, para eso escribí Una noche de suerte. Así como Visitando al diablo, ésta es una historia que no te lleva a ninguna parte. Es como si fueras al cine: te diviertes hora y media, la película te deja impactado, pero no vas a ir a volver a verla. No pretendo que sea un clásico de la literatura, sino que es una invitación para que cualquier estudiante que tenga deseos de escribir, escriba una loquera como ésta: lo único que te deja es entretenerte y despertar la inquietud de poder escribir.

Guillermo Rubio, de 67 años, es autor de cinco novelas. Su trabajo es un recordatorio de la capacidad creadora del lenguaje, la cual permite a cualquier persona construir escenarios y situaciones diversos.

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